El primer programa de Seminario integrado comenzó hace 110 años en una escuela secundaria de Lago Salago, Utah. Lo que en sus inicios era un programa experimental en una sola estaca, se ha convertido en un sistema mundial de educación religiosa que brinda instrucción sobre el Evangelio a los miembros jóvenes de la Iglesia en todo el mundo. De aquellos pequeños comienzos, el programa de Seminario y su complemento universitario —Instituto de Religión—, crecieron hasta convertirse en las entidades educativas principales de la Iglesia, con un número de matrículas superior al de cualquier otra institución educativa SUD, y con un alcance mucho más amplio que el de cualquier otra organización educativa mundial. En la actualidad, los programas de Seminario e Instituto imparten instrucción a más de 700.000 alumnos en 143 países, gracias a las labores de cerca de 50.000 maestros y administradores de tiempo completo, de tiempo parcial y voluntarios.
Como sucede con cualquier organización, explorar los orígenes de los programas de Seminario no solo aclara el nacimiento de la organización, sino también cuáles son sus metas y objetivos.
El élder Boyd K. Packer comentó: “No hay nada en la historia de la Iglesia que ilustre mejor la preparación profética de este pueblo, que los comienzos del programa de Seminario e Instituto. Estos programas comenzaron cuando eran buenos, pero no vitalmente necesarios. Se les permitió un tiempo para florecer y para llegar a ser un baluarte para la Iglesia. Ahora han llegado a ser un don de Dios para la salvación del Israel moderno en un momento sumamente difícil”.
En una carta de la Primera Presidencia se explica la necesidad de ese empeño:
“Sentimos que ha llegado el momento en que nosotros, como pueblo, debemos asumir la responsabilidad de la educación apropiada de nuestros hijos”.
A los líderes de la Iglesia les preocupaba que los niños asistieran a las escuelas públicas sin recibir instrucción alguna sobre principios religiosos... A fin de satisfacer las necesidades de los alumnos que no podían asistir a las academias de la Iglesia, los líderes de la Iglesia iniciaron, además, un movimiento de clases de religión cuyo fin era complementar la educación pública al brindar instrucción religiosa fuera de la jornada escolar.
El presidente Henry B. Eyring, de la Primera Presidencia, se ha referido al impacto de la primera clase del Seminario en una escuela de Utah llamada Granite. Sintiéndose profundamente conmovido por haber sido nombrado el nuevo Comisionado Auxiliar de Educación de la Iglesia, el hermano Eyring recordó:
“Mi asignación de ayudar a un número tan grande de maestros parecía abrumadora hasta que alguien me entregó un pequeño libro de listas de asistencia. Era de la primera clase de Seminario que se enseñó en la Iglesia, correspondiente al año escolar 1912–1913…En él se hallaba el nombre de Mildred Bennion, que ese año había cumplido dieciséis años. Treinta y un años más tarde ella sería mi madre. Era la hija de un hombre que hoy llamaríamos ‘menos activo’. Su madre había enviudado durante el otoño que siguió al comienzo de esa primera clase de Seminario, por lo que tuvo que criar y mantener a mi madre y a otros cinco hijos ella sola en una pequeña granja. De algún modo, ese maestro de Seminario se preocupó lo suficiente por ella y oró tan fervientemente por esa jovencita que el Espíritu plantó el Evangelio en su corazón.
“Ese maestro bendijo a decenas de miles gracias a que enseñó a una jovencita en un grupo de setenta alumnos”.
Hoy en día seminario es un sistema mundial de aprendizaje para cientos de miles de jóvenes que se esfuerzan a diario y semana tras semana de acercarse más a Dios, en medio de sus desafíos cotidianos.
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